“Ven y verás”, experiencia de voluntariado claretiano 2019

El pasado 16 de septiembre regresaron las diez personas voluntarias que participaron en la experiencia de voluntariado de verano 2019 en Tánger. Durante 10 días, compartieron esta experiencia que según expresan los propios participantes, “les ha abierto a otra realidad”.

Después de una formación previa de tres meses, llegó el momento de vivir en primera persona cómo es la Iglesia de Tánger, la cultura marroquí, la realidad de la educación, de la infancia, de la mujer, y de la migración en esta Frontera Sur.

Para Proclade Bética fue un momento muy importante de encuentro, ya que participaron voluntarios de la delegación de Sevilla, jóvenes de diferentes grupos y comunidades, con miembros de la Procura de Misión claretiana de Portugal, fortaleciendo de esta manera la nueva provincia de Fátima. Al ser principios de septiembre, pudieron compartir el comienzo de curso en el Hogar Lerchundi con Cristina y Mario, cooperantes destinados en Marruecos, junto a Elisa, voluntaria de larga duración recién aterrizada en Tánger.

Cuando se va a cumplir un mes de su regreso, este es el testimonio de Clara, de 21 años, estudiante de pedagogía:

“Una parte de mi corazón pertenece a Tánger”

Es difícil encontrar una palabra para describir la experiencia de estos días, a pesar de que el Padre Gabri cmf ha insistido mucho en que encontráramos la palabra correcta para decir cómo nos sentíamos. Creo que la palabra que más se acerca es “intensos”.

La primera noche que estuvimos en el Hogar Lerchundi acompañamos a Mario a recoger la cena y por el camino vi un par de niños, no debían de tener más de 11 años, drogándose con pegamento. Aquello fue solo un primer vistazo de todo lo que me quedaba por vivir en Tánger. Allí conocí la dura realidad de muchas familias que viven en pobreza, la triste historia de los inmigrantes y la desolación de los niños de la calle.

Todas las mañanas bajaba a ayudar en el Hogar Lerchundi. Me ha sorprendido profundamente la alegría de los niños aún cuando viven situaciones tan difíciles. Verlos revolotear a mí alrededor, dándome abrazos y besos sin conocerme demostrando que pese a sus problemas siguen siendo niños ilusionados con la vida. En sus caras estaba la huella que deja crecer con hambre, pero no dejan que esta les quite las ganas de aprender y de jugar.

Y luego estaban las profesoras y las trabajadoras del centro. Muchas de las cuales habían llegado desde muy lejos buscando en Tánger nuevas oportunidades y en el Hogar habían encontrado mucho más que trabajo, habían encontrado una familia. Bastaba asomarse a una de las aulas o prestar atención en el recreo para poder ver la vocación y el inmenso carisma que tenían todas ellas para la educación. Ver el cariño y la entrega que le daban a cada niño ha sido una gran inspiración para mí.

Por las tardes, durante las formaciones y las oraciones he escuchado al resto de los voluntarios lo impresionados que volvían cada uno de los proyectos donde colaboraban. Los que habían estado con los Hermanos de la Cruz Blanca no dejaban de hablar del cariño que le tenía la gente a los chicos cuando los llevaban de paseo por la calle. Y los que estaban ayudando en la guardería de las Misioneras de la Caridad volvían radiantes por haber podido pasar la mañana con todos los bebés.

El miércoles, día de la ducha de los niños de la calle, fue el más duro. Es una realidad difícil de trabajar y hay muchos debates sobre cómo debería solucionarse, pero yo me quedo con lo que, para mí, es el punto más importante: los niños de la calle, al igual que todas las demás personas del mundo, necesitan sentirse queridos, porque el amor es lo que dignifica al ser humano. Y creo que ese día en las duchas lo consiguen.

Muchas cosas sobre esta experiencia me quedan por decir, pero ahora sé que cuando a cualquier persona le hablan de Tánger automáticamente piensa en colores, en sabores intensos, especias, playas y vistas hermosas, mercados caóticos y la asombrosa mezcla de culturas y religiones. En cambio, yo, a partir de ahora, cuando me hablen de Tánger recordaré estos días de voluntariado que he pasado allí. Pensaré en colores, sabores y especias sí, pero estos me hablaran de Fatima, la cocinera del Hogar Lerchundi, y de sus exquisitas lentejas.

Pensaré en sus playas y en los chicos de la Cruz Blanca que paseaban por ella. Pensaré en sus vistas hermosas sintiendo la tristeza de contemplar un mar que se ha cobrado tantas vidas. Recordaré los mercados caóticos y a las ancianas en el suelo vendiendo hierba buena, a los niños de la calle correteando y buscándose la vida.

Y al pensar en la mezcla de culturas y religiones recordaré a las maravillosas profesoras del Hogar Lerchundi, con sus hiyab de colores y su carisma con las niñas y niños. Porque, a partir de ahora, una parte de mi corazón pertenece a Tánger.

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